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. Historias de hinchas
 
El tipo vivía en Maldonado cuando Defensor salió campeón en el 76.

Había soñado con ese triunfo toda su vida. A los sesenta años estaba empleado en la intendencia donde trabajó cuarenta y dos años, empezando de barrendero y llegando a director del aeropuerto El Jagüel, donde cometió la única arbitrariedad de toda su carrera sin una sola observación en su foja de servicios: hizo plantar violetas. "Vivía para Defensor" recuerda su viuda, Julia Rovira, "para él no había otro club, ni en el departamento ni en Montevideo; la violeta y nada más". Su amigo Juan Ramón López, lo define así, "rabioso de Defensor"; "cuando podía iba a Montevideo a ver a la violeta y a hablar con Franzini y con los amigos" recuerda Julio Gómez, un amigo hincha de Nacional. El 25 de julio de 1976, Antonio Grossi alzó los puños frente a la radio y saltó gritando "¡la viola, nomás!", mientras Víctor Hugo gritaba por CX12 "¡Defensor campeón!".

Lo gritó como si todavía vistiera la camiseta violeta número 3 que usó desde 1934 y que, por
esas cosas de los caminos de la vida, lo marcó como "el tuerto fernandino", al punto que con los años, el presidente Franzini lo nombró Cónsul del Club Atlético Defensor en San Fernando de Maldonado. Era como representar a un país del que no había inmigrantes en la ciudad, ¿te das cuenta? Porque el tipo se impuso la obligación de seguir la campaña violeta, lo que le costó no pocos disgustos y soportar durante cuarenta años las cargadas de la abrumadora mayoría de simpatizantes de Peñarol y Nacional. Había alguno de Wanderers, de la época del Tito Borjas; pero la mayoría éramos de Nacional y había muchos de Peñarol, dice Julio Gómez. Claro que Antonio Grossi no se quedaba atrás. En las ruedas de amigos, con el Hermanito Miranda, Julio Gómez, Panchito Ribeiro, Juan Ramón López, Antonio Tejera, les hablaba de Radichi, de Sasía, de Demarco y cuando sus ídolos pasaban a defender la camiseta de un grande, el tenía el recuerdo del Loncha García para replicar. Nosotros fuimos los primeros que vendimos un uruguayo no oriundo al fútbol italiano -decía-. Al Loncha lo vendimos directamente al Bologna -les decía-; en el 49, con Carbonaro, le hicimos la despedida acá, en Maldonado. Y era cierto, Antonio Grossi le hizo una despedida al Loncha en Maldonado.

En 1946, Antonio podía acordarse de cada domingo de los últimos cuarenta y dos años porque todos habían sido muy parecidos. Escuchando a Carlos Solé, para enterarse, en la previa, de la
formación de su equipo en el Parque Rodó y después permanecer atento a la irrupción de los
cronistas de las canchas chicas cada vez que se cometía un gol o se iba a tirar un penal. Y todos los lunes, a las siete de la mañana, cuando salía hacia el municipio, compara El País, para enterarse de los detalles del partido de la Viola en Montevideo. Y cuando algún botija, endulzado por las campañas del Peñarol de los sesenta le sugirió: "Diga, Antonio, ¿por qué no se hace hincha de Pañarol? Callate, chiquilín, respondía él, estoico, con la misma mueca que repetía ante todas las cargadas, pensando que algún día, Defensor obtendría el Campeonato y ese valdría por todos los perdidos.

Aquel año, la campaña del violeta, le hizo intuir que el 76 sería el tan esperado.

Porque en 1947 los jueces nos robaron el Uruguayo y fuimos en 1960 los primeros campeones de la Copa Artigas, solía argüir, como pretexto, para justificar la falta de un Campeonato Uruguayo que todos los años festejaban los grandes en bulliciosa caravana por la ciudad. Ese año sería el de la gran revancha. Ya se estaba convirtiendo en una satisfacción inolvidable. Porque ahora, a partir de la segunda rueda, escuchaba casi todos los domingos los partidos de Defensor en directo, mientras sus amigos de Peñarol y Nacional, que se habían habituado a Víctor Hugo, tenían que conformarse con lo que había sido su rutina de cuarenta y dos años: la alineación, las interrupciones desde las otras canchas y, en todo caso, esperar a Julio César Gard para la Síntesis Final de la Jornada.

Ese era el gran año, sin duda y la barra de la cantina lo comprendió. Ahora los manyas y los
bolsos tenían que recurrir al pasado. Ahora Antonio les hablaba de Salomón, de Ortiz, de
Santelli, de Cubilla, que eran el presente. Y en el fondo ellos compartían su alegría, porque
Antonio era un hombre bueno, que los ayudaba a todos desde su trabajo en la intendencia, siempre solícito, siempre abierta su casa de las viviendas del INDA en la parada 24. Pero también entendían que esa era en el alma de Antonio, una celebración íntima y ese era un privilegio que no había que arrebatarle.

Entre quienes conocieron a un hincha como Antonio de cerca, hay un argentino, simpatizante de Vélez Sarfield en Buenos Aires que, por lógica y por reflejo, en el Uruguay tiene que ser adicto a Defensor. Mempo Giardinelli cuenta en El hincha (cuento referido a un hincha velezano residente en El Chaco, parafraseable en este caso), cómo me imagino el festejo de Antonio aquella tarde noche, tormentosa y gris, del 25 de julio de 1976.

Parece que el hombre caminó resueltamente hasta la plaza de la Torre del Vigía, la torre que luce en las camisetas del Defensor fernandino (porque es nuestra farola, decía Antonio) sobre el violeta con ángulos blancos, y se subió al taxi de Juan Amaro.

A recorrer la ciudad, Juan, y tocando bocina, ordenó. Defensor salió campeón.

Bajó los cristales de las ventanillas, extrajo el banderín del bolsillo del saco y empezó a agitarlo al viento, en silencio, con una sonrisa emocionada y el corazón golpeándole en el pecho, sin importarle que la solitaria bocina desentonara, casi afónica, con el atardecer, y
sin reparar siquiera en el reloj que marcaba la sucesión de fichas que le costaría el medio
aguinaldo, pero carajo, se justificó, este campeonato me ha costados una espera de toda una
vida y los muchachos de Defensor, en todo caso, se merecen este homenaje a la distancia.

Cuando llegaron a la cuadra de la cantina, vio que la barra estaba en la vereda. Y también vio
que cuando descubrieron el taxi con la solitaria banderita violeta, se pusieron de pie y empezaron a aplaudir.

Más despacio, Juan, pero sin detenernos, dijo Antonio, mientras se esforzaba por contener esas
lágrimas que bajaban por sus mejillas, libremente, como gotas de lluvia y los aplausos
se tornaban más vigorosos y sonoros, como si supieran que debían llenar la tarde de julio sólo
para Antonio Grossi, el amigo que había dedicado su vida a esperar ese campeonato y hasta alguno gritó: ¡Viva Defensor, carajo! Y Antonio ya no pudo contenerse y le pidió al chofer que lo llevara hasta su casa.

Dejó colgados dos banderines de una ventana y se acostó a dormir el sueño de los justos.