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Profe De León, pasión de rebeldía

Por Joselo González

"Menos tu vientre, todo es futuro fugaz, pasado baldío, turbio."
Miguel Hernández

-Vamos a publicar el libro del Profe De león -me dijo Atilio Garrido, un día de fines de 2002-. Si vas el jueves al asado lo charlamos con él.

El asado era con picado previo, todos los jueves, entre compañeros de Tenfield y amigos de afuera. Ya empezaba el verano, así que cargué el bolso con una bermuda y una camiseta.

Ese jueves, el Profe me entregó los cuarenta y cinco diagramas que luego editamos en el libro Mi revolución y tengo que confesarlo: no entendí ni medio. Los guardé en el bolso, nos cambiamos y marchamos para la cancha.

Después del partido, con el asado pronto, el Profe nos esperaba para darnos "la charla técnica" durante la cena.

Y allí estaban, al centro de la mesa el Profe y Carrasco frente a frente.

No es fácil discutir con Juan Ramón Carrasco. Aquel jueves, por ejemplo, andaba molesto porque se decía que Fénix ganaba de suerte, entonces cada vez que alguien nombraba la palabra "suerte" él corregía: "suerte no, justicia". Cuando nos despedimos, para evitar la discusión, en vez de "suerte", le desee "justicia". Pero me retrucó "mirá que también se necesita suerte". No es fácil con él y eso que recién estaba empezando la carrera de técnico que lo llevaría a concretar unas cuantas hazañas y otra verdadera revolución. Ahora volviendo a la cena, al asado y al vino de por medio, tampoco era fácil discutir con el Profe.

-Estás descuidando la técnica de marca, Juan, y la marca es tan técnica como la creación. Raúl Pini era más jugador que vos, era más técnico que vos y ¿sabés de qué jugaba?, de marcador central y te voy a decir más, hubo uno que era más jugador que vos, más técnico que vos y dribleaba más que vos ("a la mierda -pensé-, ¿quién sería?"), ¡y dribleaba más que vos! -le repitió el Profe a Carrasco-. Se llamaba Raúl Rodríguez y ¿sabés de qué jugaba? De marcador de punta.

-Pero, Profe, usted me está hablando de jugadores que yo no conocí -le reprochó Juan Ramón.

-Está bien -reconoció el Profesor-. Pero vos pensá en los que sí conociste. ¿Cuál te marcó mejor?

-Ninguno -dijo Carrasco, en broma.

Pero el Profe lo tomó en serio, se calentó, dejó los cubiertos, se levantó.

-¡Eso es mentira! -le gritó, paternal.

Le aconsejó trasladar el ego al equipo, entre otras recomendaciones. Pero debo dejar constancia que fueron muchos más los reconocimientos y las coincidencias entre ambos que las discrepancias. Por ejemplo: dijo Juan que lo fundamental, todo lo que aplicaba sobre el tratamiento del grupo humano lo había aprendido del Profe.

-¿Se acuerda Profe que usted nos daba créditos? Yo lo estoy haciendo. El otro día, que tuve que sacar al Varilla y a Broli en el entretiempo, andaban todos mal, hasta Ligüera, pero le dije "y a vos no te saco porque todavía tenés crédito".

También coincidieron en que no había que dejar motejar despectivamente a los jugadores.

-Ayer nomás un periodista me dijo "Loco" y lo paré en seco. "Yo no soy loco" le digo, "eso es chapa". Porque si no, después queda y cuando te tienen que considerar para la selección, por ejemplo, la gente dice: "¿ese? Si le dicen  el Loco ?". A mí no, a mí en mi pueblo me dicen "el Pita" ¿querés cosa más linda que en tu pueblo te digan "el Pita"?

Y cuando discutieron Carrasco y Garrido sobre la validez de los nueve de área grandotes, el profe dijo, dándole la razón a su ex dirigido, que "los nueve históricos del fútbol celeste ganador eran muy técnicos y no de físico exuberante, Piendibeni, Tito Borjas, Héctor Castro, Severino Varela, Oscar Omar Míguez".

Esa noche, mientras con Bica lo llevábamos a su casa en la camioneta, el Profe se confesó:

-Me gusta Juan porque es rebelde.

En el fútbol uruguayo la rebeldía es linaje, como sugiere una letra de murga del flaco Raúl Castro. Hablar de rebeldía y recordar a Julio Pérez fue todo uno.

-El Loco Julio y el Pepe cambiaron el fútbol. Era lento y lo hicieron veloz -nos dijo el Profe-. Era estático y lo hicieron de toda la cancha -explicó-. Era individual y lo hicieron colectivo.

Por "Pepe" se refería a Schiaffino, que no se llamaba José, se llamaba Juan Alberto, pero le decían "Pepe" por rebelde e inquieto como la pimienta (a la pimienta en italiano se le dice pepe). A Julio Pérez, igual que a Herrera y Reissig, le decían "El Loco Julio". El 19 de junio, nuestro Julio había cumplido 76 años y habíamos estado con Alberto Bica en la casa del cumpleañearo, en la calle Edison, charlando de fútbol y de pájaros, pasiones comunes a Bica, a Van Gogh y al dueño de casa. Tenfield le regaló una camiseta celeste de las nuevas, acordonadas, con el número 8.

-Justo ese número que odio... -nos sorprendió a todos, al recibir el regalo.

-¿Por qué lo odia si era el número suyo? -preguntó Alberto.

-Porque jugué toda la vida de 10 y por culpa de Schiaffino tuve que jugar de 8 -remató Julio.

Esa noche de la charla en la camioneta, rumbo a la casa del Profe, no hacía un mes que habían muerto el "Pepe" y el "Loco Julio".

-Yo estuve a punto de integrar el mundial con ellos -nos contó el Profe, entristecido-: Hubiese ido como suplente de Míguez, pero quedó Rijo. Se lo merecía, pero fue la gran frustración de mi vida.

En Uruguay no se aprovechó como era debido la sabiduría que acumularon los campeones, acaso por la razón que esgrimieron Juan y el Profe en aquella cena: la gente diría "¿cómo van a mandar esos, si les dicen " el Loco ,  el Cotorra ,  el Pimienta ,  el Mono ,  el Negro ..., que mande  el doctor ". ahora el "Pepe" y el "Loco" se nos fueron. Aunque eso de que se nos fueron "es un decir" dijera Vallejo. Cuando enterraron al otro "Loco Julio", al poeta, Alberto Zum Felde declamó ante su tumba: "si todos nosotros nos fuésemos en este momento de aquí, Julio no quedaría más solo de lo que está, porque él pertenece por completo a la posteridad". Cuando enterramos a Julio Pérez, me sorprendí llorando como sólo había llorado en el entierro de mi padre. ¡éramos tantos y Julio estaba tan solo!

Contó el Profe que Julio se curó de la locura conversando con los pájaros como en los montes del Canelón Chico donde se crió. Yo creo que fue al revés, que Julio enloqueció a los pájaros y por eso salieron de los nidos de Van Gogh y andan por ahí volando.

Pero ahora, que la señora esa que se llevó a sus amigos, lo llevó donde ellos, digo que no es una muerte cualquiera. A estos, la que se los lleva es una vieja convidada de piedra, llamada Pasión de Rebeldía, que es una muerte-vida, dialéctica y de esa filosofía, el profe ¡la pucha que sabía! Su sistema es dialéctica pura.

Para encontrar en Uruguay, en una disciplina no científica, semejante revolución teórico práctica de la envergadura e importancia mundial de la de José Ricardo De León en el fútbol, hay que remitirse a la de Joaquín Torres García en la pintura. Solo ellos marcaron un antes y un después de su persona, trascendiendo en su ámbito universalmente, y, a la vez, se irguieron como tratadistas de sí mismos y crearon un lenguaje nuevo para el nuevo saber. Todo eso.

Por supuesto que si hablamos de revolución en Uruguay, lo más duradero empieza siempre en José Artigas. De él tomó el Profe su apego al término "sistema", "mi sistema", "nuestro sistema". El sistema del Profe De León debería ser estudiado también en la Academia Militar de este país pequeño, que necesita "con menos lograr más".

Para definirlo en dos palabras, con una sola anécdota, debo explicar que todos los periodistas del mundo sabemos que si Clarín y El Gráfico le preguntan a Mario Alberto Kempes cuál fue el mejor técnico que tuvo, es para que diga que fue "César Luis Menotti".

-José Ricardo De León -dijo Kempes.

Puede parecer una anécdota más, pero define perfectamente la trayectoria de un tipo que se metió en la prensa y en la historia como apasionado de la rebeldía, como convidado de piedra, igualito a la que nombré.